Consumo responsable y configuración de ciudadanías proambientales

in Regions and Cohesion

Resumen

El aumento en el consumo de bienes y servicios ha contribuido a la crisis ambiental. Pocos estudios han avanzado en identificar factores que inciden en la apropiación de prácticas proambientales en el Sur Global, específicamente en ciudades de países con economías emergentes. Mediante observación no participante y entrevistas semiestructuradas a 34 familias de diferentes niveles socioeconómicos de Medellín, Colombia, abordamos las siguientes preguntas: ¿la preocupación ambiental influye en las prácticas de consumo y desecho? y ¿cuáles factores inciden en la apropiación de prácticas proambientales? A partir de los resultados identificamos que, aunque hay más factores que limitan el consumo responsable, se puede argumentar que en las prácticas proambientales de consumo y desecho se observa la formación de ciudadanías proambientales.

Este artículo presenta un avance exploratorio de una investigación más amplia sobre la relación medioambiental de pobladores de la ciudad de Medellín, relación que se analiza mediante la identificación de comportamientos responsables en las prácticas cotidianas de consumo y desecho. Esta reflexión parte de la pregunta por los factores que inciden en la adquisición de prácticas responsables de consumo y desecho. También indaga por la dimensión política de las decisiones de compra y desecho, con el fin de argumentar que a partir del consumo (y desecho) responsable se podrían estar configurando ciudadanías proambientales.

Son varias las escalas que deben reconocerse en el planteamiento que haremos en el texto. Escalas globales e individuales en lo relativo, tanto a las causas de la crisis ambiental, como a las soluciones para detenerla o controlarla. Para abordar las escalas individuales (que se sitúan en las dinámicas domésticas de la familia) se acudió a datos empíricos y, para situar la escala global, se recurrió a la consulta de fuentes secundarias (la literatura académica y documentos institucionales).

En lo que respecta la escala individual, a partir de las reflexiones de las personas en su contexto familiar, nos preguntamos por las percepciones que tienen del impacto ambiental de sus actividades cotidianas de consumo y desecho, para cuestionarlas por la incidencia que tiene su preocupación por el ambiente en dichas actividades. Una vez hecho esto, indagamos por los factores que les facilitan o limitan la adquisición de prácticas responsables, los cuales clasificamos de acuerdo a su escala y tipo de agente social responsable. Sugerimos, a partir de los hallazgos, que cuando la preocupación o conciencia ambiental se expresa en prácticas responsables, estamos ante la formación de ciudadanías proambientales.

El siguiente apartado primero expone nuestro marco conceptual y la escala global del fenómeno, seguido de la metodología. Posteriormente, presentamos los hallazgos empíricos y el análisis, para finalizar con las conclusiones.

Marco conceptual y metodológico

La crisis ambiental global y las sociedades del consumo

La crisis ambiental ha ocupado la atención del ámbito científico y de organismos internacionales, al punto de completar con París COP21 de 2015, los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y la agenda a 2030, un conjunto de convenios que orientan los esfuerzos de los países suscriptores en acciones de contención, prevención o de reparación ambiental. Esta crisis se refiere a una serie de problemas ambientales causados por actividades productivas industriales, que persisten a pesar de la revolución tecnológica (CEPAL Naciones Unidas, 2016). Para Tommasino et al. (2005, p. 11), los problemas ambientales se clasifican en dos tipos: depredación y contaminación; y sus consecuencias más evidentes son el cambio climático—el calentamiento global siendo la manifestación más evidente—y la pérdida de diversidad biológica.

La ecología y el ambientalismo, como movimientos sociales y campos científicos, comenzaron a promoverse después de la segunda guerra mundial, a partir de los primeros desastres ecológicos relacionados con el desarrollo económico de Europa y en EEUU, por ejemplo los casos de derramamiento de petróleo al mar en los 60 y 70 (Alcoceba Hernando, 2004). Los problemas ambientales ocasionados por las sociedades modernas e industrializadas situadas especialmente en el Norte Global,1 despertaron el rechazo de algunos sectores que veían en el modelo de desarrollo moderno un grave riesgo para el planeta y, en consecuencia, para la supervivencia misma de la población mundial (Alcoceba Hernando, 2004).2 Más recientemente, buena parte de la movilización ciudadana en el Sur Global, en países como Colombia, se da por los denominados conflictos socioambientales por minería, monocultivos, deforestación, entre otras actividades productivas (Alimonda, 2002, 2011; Alonso & Costa, 2002; Gudynas, 2009; Svampa, 2008) y por el vertimiento de contaminantes que afectan la calidad del suelo, agua y aire.

La política de las instituciones internacionales busca impulsar el ambiente a partir de la redefinición de los patrones de producción y consumo, lo cual requiere de:

un enfoque multidimensional e integral en que la inclusión social, la sostenibilidad ambiental y el dinamismo económico se complementen. En la región, implica un profundo cambio de paradigma en las formas de operar del Estado, el mercado y la ciudadanía, así como el establecimiento de nuevas modalidades de colaboración entre ellos.

(CEPAL Naciones Unidas, 2016, p. 173)

Específicamente, el consumo tiene un lugar preponderante en la vida cotidiana y, también, en la crisis ambiental. Éste tiene un sentido práctico para la economía capitalista, como motor de su dinamismo. La revolución industrial, ocurrida en la segunda mitad del siglo XVIII hasta principios del XIX, permitió acelerar los procesos de producción, de modo que circularan más bienes de consumo, con costos cada vez más accesibles a más sectores de la población mundial (Chaves Palacios, 2004), acompañado de una modificación consciente de la demanda y de la consolidación de sociedades de consumo (Korstanje et al., 2008; Marinas, 2000; Veblen, 1974). Las prácticas de consumo se vincularon con imaginarios de democracia y de libertad, al mismo tiempo que se anclaron en los procesos de socialización y de construcción de identidad o de subjetivación de las personas (Narotzky, 2004) a partir de procesos de significación y ritualización de las mercancías (Leonard, 2010). Las empresas incurrieron en la utilización de la publicidad y de un modelo de producción y consumo, basado en la obsolescencia programada,3 que “apunta a que el consumidor tire los productos a la basura y los reemplace lo más rápido posible (es lo que se denomina ‘acortar el tiempo de reemplazo’)” (Leonard, 2010, p. 222).

Lo que podría denominarse cultura global contemporánea se configura a partir de flujos de personas, tecnología, finanzas, información, imágenes e ideología (Kottak, 2011), provocando un anhelo generalizado por mercancías e imágenes. Casi la totalidad de los Estados-Nación han tenido que abrirse a “una cultura global de consumo” (Kottak, 2011, p. 422) intrínsecamente ligada tanto a las economías nacionales como internacionales.

Ahora bien, además del incremento de actividades productivas, el consumo aporta a uno de los problemas ambientales más graves de la actualidad: el manejo y disposición final de los residuos sólidos. Desde nuestro enfoque escalar interesan las acciones emprendidas para afrontar la crisis ambiental en el Sur Global. Para la CEPAL existen responsabilidades comunes pero estas deben diferenciarse, pues “la economía internacional es altamente heterogénea, con grandes desigualdades tecnológicas y de ingreso, y fuertemente concentrada en pocos actores, grandes empresas transnacionales y empresas financieras complejas”, principalmente en varios países de América Latina (CEPAL Naciones Unidas, 2016, p. 27).

En este contexto se han reconocido tanto las desigualdades en la contribución al cambio climático entre el Norte y el Sur Global, como en sus efectos (Atapattu & Gonzalez, 2015; Bosch, 2009; Delgado et al., 2013; Dietz & Isidoro Losada, 2014; Espina, 2013; Haidar & Berros, 2015). Dicha brecha se acentúa, pues en América Latina y en el resto del Sur Global existen limitaciones de orden institucional, de legislación ambiental y financieros para la protección del ambiente, comparadas con el Norte Global donde se ha avanzado en legislaciones ambientales (Acurio et al., 1998). Por ejemplo en materia de residuos sólidos, a pesar de tener una tasa de generación de un 25% a un 50% inferior a los países industrializados, en América Latina y el Caribe (Sáez & Urdaneta, 2014), se producía, para el año 2011, un total de 0.9 kg/habitante/día (Grau et al., 2015). La dificultad en el procesamiento de estos residuos radica en que su modificación físico-química ha cambiado, pasando de ser desechos orgánicos fácilmente biodegradables a ser desechos compuestos por derivados industriales como plásticos, pinturas, envases, metales y otros materiales (Sáez & Urdaneta, 2014) y los que se depositan en rellenos, producen lixiviados y otros gases, los cuales requieren ser tratados para evitar su potencial dañino y contaminante (Pineda Pablos & Loera Burnes, 2007).

En Colombia, la capacidad de los rellenos sanitarios de recibir y procesar adecuadamente los residuos se encuentra en crisis, debido a que el 69% de los rellenos del país les queda entre cero y cinco años de vida útil (Colprensa, 2015) y la situación continuará agravándose si no se toman acciones porque los niveles de consumo en el país siguen aumentando regularmente (El Universal, 2017). Esto se agudiza cuando se conoce que, en Colombia, solo se recicla el 17% de los residuos (Departamento Nacional de Planeación DNP, 2016), mientras que en países como España reciclan un 30% de sus residuos, Alemania un 65%, Corea del Sur con un 59% y Eslovenia y Austria con un 58% (Guijarro, 2016). Adicionalmente, las políticas colombianas se han concentrado principalmente en definir pautas para mejorar los procesos de desecho y reutilización final de los residuos más que en atacar la generación4 de los mismos, lo cual va en contravía con los acuerdos realizados en la cumbre de París, COP21. Según este acuerdo, los países firmantes se comprometen a mitigar sus emisiones de gases efecto invernadero por debajo de los niveles preindustriales, reconociendo que esto reduciría el riesgo y los impactos del cambio climático (United Nations, 2015), y como parte de esta mitigación, disminuir la producción de residuos sólidos y mejorar su manejo, impactaría positivamente a este resultado.

Configuración de ciudadanías proambientales

Para efectos de nuestro análisis reconoceremos el carácter político del consumo (y el desecho5) responsable y, por ello, sugerimos que podría formar parte de la constitución de ciudadanías proambientales. Las manifestaciones ciudadanas relacionadas con las afectaciones ambientales de la “depredación” y de la contaminación ambiental han sido objeto de análisis de los conflictos socioambientales y de la ecología política (Barcena et al., 2010; Enrique, 2014; Gudynas, 2009; Leff, 2012). Nuestro análisis se concentra en las manifestaciones ciudadanas ligadas a las prácticas de consumo y desecho.

Desde el sentido clásico, y en un plano político, la ciudadanía se concibe como una condición que abarca una serie de derechos civiles, políticos, sociales y económicos, que apelan a la pertenencia de los individuos a una comunidad política estatal específica. No obstante, surge, con respecto a las ciudadanías enmarcadas en los Estados-Nación, la pregunta por aquellas decisiones trascendentales que se toman a escala global, en las cuales, no intervienen en principio, los ciudadanos confinados a sus Estados (Cortina, 2002; García Pascual, 2003). Consideramos que, en este contexto, la configuración de ciudadanías tiene dos vínculos estrechos con el ambiente. Por un lado, en el conjunto de derechos y deberes ciudadanos en el marco de los Estados se encuentran los relacionados con el ambiente, el cual se considera de tercera generación (Gudynas, 2009). Es así como, después de la década del 80, “aparecen los derechos a la calidad de vida, a un ambiente sano, o similares, en las constituciones de países como Argentina, Brasil, Colombia, Perú y Venezuela, entre otros” (Gudy-nas, 2009, p. 55). Se expresa esta ciudadanía ambiental en la creciente participación en los conflictos socioambientales, en el marco de la cual se alude a la violación de derechos ciudadanos y se apela a la idea de justicia ambiental.

Por otro lado, sugerimos que, en el marco supraestatal, es posible hablar de ciudadanías ambientales de tipo cosmopolita. Con esto nos referimos a ciudadanías que le dan valor a la humanidad y al ambiente a escala planetaria sin jerarquías. Si bien las críticas, a lo que Nussbaum denomina ciudadanías mundiales, rechazan su aparente intento de homogenización, su llamado apela a una consciencia humana, que trascienda la nacionalidad, para que cada persona (en su caso cada estadounidense) reconozca en el resto de seres humanos sus pares y, en esa medida, sea consciente de las implicaciones de sus comportamientos para la sobrevivencia de todos (Enrique, 2014). En este mismo sentido, consideramos con otros autores (Balibar, 2013; Heater, 2007; Kabeer, 2007), que las ciudadanías contemporáneas no se fundamentan exclusivamente a partir de la afiliación a una nación ni a un pueblo, sino a través procesos de identificación colectiva, algunos de ellos de carácter cosmopolita en el sentido ya descrito, sin que esto implique un desarraigo territorial (Gudynas, 2009). Al contrario, el sujeto construye su ciudadanía en relación con un ambiente situado y recrea un proceso de identificación que lo vincula con la conciencia ambiental que comparte con otros. Así establece una cosmovisión compartida con ellos, la misma que intenta superar el antropocentrismo en su relación ambiental.

Cuando los procesos de subjetivación ligados al consumo se articulan con la preocupación ambiental por los impactos que éste pueda tener, tal vez sea posible hablar de configuración de ciudadanías proambientales. Con respecto a esta idea, la ética del consumo se refiere al estudio de los “aspectos relativos a la moral en [las] decisiones de compra o de adquisición”; pero, sus inicios están fuertemente vinculados con el concepto de consumo verde, el consumo que se informa por las “preocupaciones medioambientales al adquirir sus productos o servicios” (Dueñas Ocampo et al., 2014, p. 288), las cuales coinciden con la proliferación de evidencia sobre el efecto global de la contaminación. En este campo se considera que el consumidor ético es aquel que incluye otros criterios en su decisión de compra—diferentes al precio y la calidad—tales como el impacto social y el comportamiento ambiental y social de la empresa que vende el producto. En la perspectiva que asumimos en este artículo, proponemos que estos criterios son morales y políticos.

El ejercicio político con relación al ambiente ha sido denominado ciudadanía sustentable, ciudadanía ambiental global o ciudadanía ecológica (Gudynas, 2009). La ciudadanía ecológica no se basa en un arreglo de derechos y deberes pactado por los ciudadanos con el Estado, “sino [Según Dobson (2003)] como fruto de las obligaciones frente a las demás personas a partir de consideraciones ambientales”, es decir según su “huella ecológica”, lo cual resulta en “una comunidad a escala planetaria bajo un tipo de cosmopolitismo ecológico” que supera el ámbito territorial estatal (Gudynas, 2009, p. 63).

Gudynas señala que las meta-ciudadanías ecológicas, contextualizadas social, cultural y ambientalmente se configuran a partir de “la construcción de sujetos políticos que activamente participan en la esfera pública en debatir los asuntos del bien común y del bien de la naturaleza” (Gudynas, 2009, p. 65). Añadiríamos para efectos de nuestra reflexión, sujetos políticos que mediante sus acciones revelan su preocupación por el ambiente. Consideramos que la idea de ciudadanías proambientales recoge mejor la idea de los ejercicios políticos que pretendemos reconocer en las prácticas responsables de consumo y desecho. En efecto, la conciencia ambiental revelada en prácticas responsables de consumo y desecho podría ser una fuente de configuración de ciudadanías proambientales.

El consumo responsable surge como un movimiento que invita al individuo a ser reflexivo y crítico frente a sus prácticas de consumo y desecho y a incluir una reflexión sobre las implicaciones ambientales que tiene su compra. Entiende que la elección del consumidor se basa no solamente en variables propias de la psicología del consumidor como lo son la calidad y el precio, sino que incluye el impacto ambiental y social que tiene el producto a comprar (ConsumoResponsable.org, 2011; Dueñas Ocampo et al., 2014).

El consumo responsable se promulga como parte de una serie de comportamientos que tienen un menor impacto sobre el ambiente y que disminuyen los problemas ambientales mencionados anteriormente. Sin embargo, estas prácticas responsables aluden frecuentemente a la responsabilidad individual y señalan la educación ambiental como condición que lo favorece (Barcia Rivera, 2013). También se asigna una gran influencia de las elecciones del consumidor en el comportamiento ambiental y social de las empresas que ofrecen sus productos (Dueñas Ocampo et al., 2014).

En la escala individual se han identificado dos formas de concebir la responsabilidad en lo que atañe al consumo. La primera lo presenta como un sujeto que depende totalmente de sus medios de producción y que no tiene margen de maniobra para generar cambios en sus prácticas (Vargas, 2013). La segunda presenta al consumidor como alguien que puede generar cambios colectivos a partir de cambios individuales y que, a partir de su capacidad creativa, puede lograr acentos diferentes en las economías actuales de mercado, a través de las prácticas de consumo responsable (Gil Juárez, 2008). Si bien hay más o menos claridad en qué consiste un comportamiento proambiental, sigue estando abierta la pregunta por lo que interviene en la apropiación de prácticas responsables de consumo y desecho.

La literatura presenta algunos factores que facilitan o dificultan la incorporación de comportamientos proambientales, los cuales amplían o reducen la brecha que existe entre la actitud declarada de los individuos y sus comportamientos al momento de adquirir bienes y servicios. Se identifican como determinantes de las prácticas de consumo responsable la influencia del contexto del individuo, la información que posee en un momento específico, los costos de su compra a los cuales está sujeto por su posición en la escala social, el grupo social al cual pertenece, entre otros, los cuales deben validarse para poblaciones del Sur Global (Dueñas Ocampo et al., 2014).

Hasta aquí hemos presentado elementos conceptuales para argumentar que el consumo responsable puede ser reconocido como una acción política que aportaría a la formación de ciudadanías proambientales. Este marco nos apoyará a identificar, junto con el análisis de los datos empíricos explicados a continuación, los factores que inciden en el consumo responsable y en la configuración de ciudadanías proambientales.

Aspectos metodológicos del estudio

Este artículo tiene como base un estudio exploratorio etnográfico que consta de una revisión de literatura relacionada y un análisis de datos empíricos generados a través de la aplicación de dos técnicas: las entrevistas semiestructuradas y la observación no participante. Las primeras se aplicaron en los hogares elegidos para el estudio, fueron grabadas y transcritas, mientras que la descripción de la observación fue consignada en un protocolo de observación creado para este fin. Con los datos obtenidos fue posible identificar, desde el punto de vista de las familias, cómo la preocupación ambiental incide en sus decisiones de compra y desecho,6 para luego determinar los factores que intervienen en la apropiación de prácticas responsables de consumo y desecho.

Si bien el consumo se ha concebido como un acto individual (Kottak, 2011) nos interesó observar prácticas de consumo cotidianas en el ámbito familiar. En el hogar se organizan y coordinan las actividades de consumo (y finalmente de desecho) que recrean divisiones de roles y relaciones de poder al interior y por fuera de esta unidad de consumo (Narotzky, 2004). El estudio se concentró en 34 familias habitantes de Medellín, una ciudad de rápido crecimiento, cuya área metropolitana cuenta con más de cuatro millones de habitantes en un país de economía emergente en Latinoamérica, la cual, presenta prácticas de consumo y desecho similares a ciudades afines del Sur Global. En la siguiente sección presentamos un argumento sobre la relevancia de este caso de estudio, ejemplificando el contexto de desechos sólidos bajo un enfoque comparativo.

La selección de las familias correspondió al muestreo por contextos, el cual consiste en una aproximación cuantitativa al universo de análisis (Mejía Navarrete, 2000), basada en la encuesta de Calidad de Vida Hogares, realizada por la Alcaldía de Medellín en el año 2013, donde se eligió la variable de “Grupo de edad del jefe de hogar”7 para segmentar el universo y que la muestra lo representara estructuralmente. La representación socioestructural consiste en la elección de cada sujeto de estudio, dependiendo de su capacidad de representar una pequeña parte del universo total, esto quiere decir que cada familia elegida posibilita la representación de las características principales del universo (Mejía Navarrete, 2000).

La muestra abarcó diferentes grupos de edad: desde las más jóvenes, donde el jefe de hogar tiene entre 20 y 40 años; otras cuyo jefe de hogar tiene entre 40 y 60 años; y, finalmente, de adultos mayores con más de 60 años. A su vez, por cada grupo de edad se intentó incluir todos los estratos poblacionales de la ciudad8 y diferentes tipos de hogares de acuerdo al número de integrantes. En las muestras cualitativas, con un número reducido de informantes, importa la profundidad en el conocimiento del objeto de estudio y no la extensión en el número de casos estudiados (Mejía Navarrete, 2000). El contacto con cada familia se realizó a partir de la estrategia de bola de nieve, para lo cual se le pidió a cada familia entrevistada identificar y recomendar a otra familia que cumpliera con los requisitos exigidos por el principio socioestructural en la elección de la muestra (McDaniel & Gates, 2011). Se realizaron 34 entrevistas.

Para el desarrollo de este estudio seleccionamos como herramienta clave la entrevista, técnica cualitativa por excelencia (Packer, 2013). Las entrevistas semiestructuradas tuvieron como objetivo entender de qué manera se tomaban las decisiones de consumo, por lo cual resultó muy útil que mínimo dos personas de la familia estuvieran presentes. La entrevista aplicada constó de aproximadamente 33 preguntas organizadas en cuatro secciones: datos sociodemográficos, prácticas de consumo, prácticas de desecho y relación con el ambiente; a partir de ella, los entrevistados presentaron su cotidianidad con confianza y apertura mediante un diálogo coloquial. Para ganar confianza, y para comprender de qué manera la preocupación ambiental afectaba sus prácticas, la entrevista comenzaba preguntando por la historia familiar y personal, dependiendo del número de habitantes en la vivienda; motivando la descripción de sus prácticas de consumo cotidianas: de alimentos, ropa, tecnología, entre otros asuntos. Más adelante se interrogaba por las formas de pago y la justificación de los lugares, precios y demás características de estas compras. Se preguntaba también por las prácticas de desecho, el número de botes de basura en el hogar, la separación en la fuente, la relación con el reciclador y el conocimiento acerca de los rellenos sanitarios. Las preguntas por el ambiente y la naturaleza se introducían hacia el final de la entrevista, para evitar posibles sesgos. Se indagaba por sus conocimientos acerca de la crisis ambiental y, específicamente, el cambio climático, las afectaciones de estos fenómenos en su vida, la historia de sus relaciones con la naturaleza y su percepción de la naturaleza y el ambiente. Finalmente, se pedía a los miembros de la familia recapitular su discurso e intentar dar una descripción de su relación ambiental, nombrándola y explicándola.

La técnica de observación sirvió para complementar y/o contrastar el discurso de los entrevistados, especialmente en lo concerniente al manejo de los desechos. También para establecer las diferencias entre lo que decían de su consumo y los objetos observables en sus hogares, lo que a veces inspiraba nuevas en preguntas al final de las entrevistas. El número de entrevistas y observaciones fueron las necesarias para llegar al proceso de saturación, el cual se consideró alcanzado cuando no aparecieron datos nuevos (Strauss & Corbin, 2002) y se validó el alcance de las respuestas sobre las descripciones del fenómeno indagado.

Este enfoque etnográfico nos permitió conducir el análisis desde el punto de vista de las familias, sus prácticas de consumo y desecho y si éstas estaban condicionadas, de alguna manera, por criterios ambientales. A partir de ello, conceptualizamos estas descripciones mediante conexiones contextuales y comparativas con lo descrito por la literatura, para dar cuenta del fenómeno de la configuración de ciudadanías proambientales a partir de prácticas responsables de consumo y desecho.

Caso Medellín

La relevancia de este estudio radica en la posibilidad de detallar las dinámicas sociales locales en el Sur Global que luego puedan ser comparadas con otras ciudades similares. Medellín ha mostrado un acelerado crecimiento económico regional orientado por sectores como “la industria manufacturera, las actividades de servicios a las empresas, comercio y servicios de reparación” y, en menor medida, las actividades agropecuarias (Alcaldía de Medellín, 2016, p. 299). Puede ubicarse en el fenómeno de urbanización mundial que se relaciona estrechamente con el reto en alcanzar metas de producción y consumo sostenible (Iglesias, 2016; Terraza et al., 2016). En efecto, Medellín, tiene, como otras ciudades del Sur Global, una baja tasa de recuperación de desechos reciclables del 17% para el 2016 (Departamento Nacional de Planeación DNP, 2016), con lo cual tiene grandes retos de aumento cuando se compara con las tasas de reciclaje de algunos países europeos, donde se alcanzan tasas mayores al 30% (Guijarro, 2016); el manejo de los residuos orgánicos se da por medio del enterramiento en los rellenos sanitarios, los cuales podrían ser aprovechados para generar composta—material útil como fertilizante orgánico— pirólisis y biodigestión (Universidad de Medellín & Municipio de Medellín, 2014). Medellín es actualmente una ciudad con altos niveles de polución del aire, con una medida de 26.6 ug/m3 (microgramos por metro cúbico de aire) que alcanza niveles de contaminación ambiental similares a Monterrey en México (36 ug/m3) y a Cochabamba en Bolivia (40.7 ug/m3) (Cárdenas H., 2015) y en la cual el medio ambiente ocupa el cuarto lugar de preocupación en la mente de sus habitantes (Universidad de los Andes, 2015).

Este artículo relaciona las prácticas de consumo con las de desecho, y el caso de Medellín ofrece una contextualización geográfica y cultural de los instrumentos de medida de consumos éticos. Por ejemplo, en referencia a mediciones de consumo socialmente responsable “es fundamental diferenciar la modelización del instrumento de medición en un país desarrollado respecto de un país en desarrollo, pues son múltiples las variables que tienen que considerarse en contextos heterogéneos” (Dueñas Ocampo et al., 2014, p. 297). El caso de Medellín, específicamente, expone la variable de la legislación ambiental débil como una de las variables que incide en el consumo responsable y el manejo de las basuras.

Resultados

La crisis ambiental puede ser un contexto propicio para la configuración de ciudadanías proambientales. Si se comprenden éstas como la expresión política de la preocupación ambiental revelada, entre otras manifestaciones, en las prácticas de consumo responsable, ciertamente pueden observarse indicios de su emergencia en la ciudad de Medellín.

La reflexión que proponemos conjuga la observación de las prácticas de consumo y desecho así como la indagación de la preocupación ambiental entre familias de diferentes estratos socioeconómicos que habitan en la ciudad de Medellín, con la pretensión de identificar si en dichas prácticas se revela la preocupación ambiental. Los resultados que presentamos a continuación permiten identificar si las familias entrevistadas expresan preocupación por el impacto ambiental que sus prácticas de consumo y desecho puedan ocasionar. También, exponen los factores que desde la perspectiva de los consumidores intervienen en la apropiación de prácticas responsables en el consumo y el desecho.

Percepciones sobre el impacto que el consumo y el desecho tienen sobre el ambiente y las acciones que emprenden

En la muestra analizada algunas familias expresaron una conexión entre sus acciones de consumo y la contaminación que estas puedan generar. En el comentario que transcribimos a continuación, un miembro de familia expresa su preocupación por la contaminación que su producto ocasionará. Pero también nos indica que en el momento de la compra no tuvo en cuenta las características de los materiales del objeto comprado. Solo evidencia las implicaciones de su compra cuando el bien se estropea:

Nosotros compramos unos pufs, unos cositos de esos…y ahí yo creo que los dos quedamos con una maluquera de consciencia porque esos pufs son de cuero sintético y están rellenos de icopor, pues, de puras bolitas de icopor. Unos pufs de esos son un crimen ambiental terrible; al principio uno no tendría que desecharlo, el puf te dura a vos toda la vida, no tendrías que repararlo. Pero resulta que Antonia se orinó en uno de los puf, y como eso es de cuero sintético, entonces limpia pero como que penetró…y el icopor de ese adentro, y eso huele horrible, entonces probablemente vamos a tener que botar todo el icopor de uno de los puf; y entonces estamos pensando con qué rellenarlo, estamos pensando en semillas, pero en esa cantidad hay que ver si sí se consiguen, pero no queremos volver a llenarlo de icopor, pero ahí va a ser una cantidad de icopor desechado que va a ser terrible.

(Hombre, 29 años, entrevista personal, 28 noviembre 2016)

Otros, revelaron su preocupación ambiental de manera impersonal. Es decir, no expresaron su participación en el problema ambiental que estaban narrando:

Y los monocultivos acabaron con hectáreas de bosque y acabaron con hábitats de un montón de especies, y vea por ejemplo quedan veinte osos de anteojos y la gente no entiende que quedan veinte osos de anteojos por su forma de consumir…la tierra está enferma por la cantidad de personas que hay sobre ella y eso es una ola en la que todos tenemos que ver.

(Hombre, 34 años, entrevista personal, 28 febrero 2016)

Sin embargo, las pocas familias que expresaron su preocupación ambiental en sus prácticas de consumo, mostraron también posturas políticas consolidadas, aunque estas no se expresan directamente en marchas, firmas de peticiones, lo que algunos autores denominan activismo ambiental (Stern, 2000). Se expresan en la actualidad en actos políticos durante la compra, lo cual podría ser concebido como acciones proambientales intencionadas, esto es, acciones configurantes de ciudadanías proambientales.

Los datos mostraron la reflexión asumida por las familias en cuanto a las dos perspectivas de la responsabilidad con el ambiente. La primera considera la dificultad de superar las estructuras económicas que irremediablemente promueven las redes del mercado y del consumo; la segunda alienta la esperanza al cambio por medio de acciones individuales y familiares, las cuales van generando acciones políticas y posturas críticas frente a las empresas y los Estados para que también se comprometan con el cuidado del ambiente.

En ambas perspectivas la decisión de compra y la incorporación de comportamientos proambientales, juegan lo que en la literatura se denomina como efectividad percibida (Dueñas Ocampo et al., 2014); esto es, cuando la decisión está influenciada por la percepción del efecto que tendrá en la sostenibilidad ambiental. Situadas en la primera perspectiva, las familias identifican la baja efectividad de su compra responsable en la sostenibilidad ambiental y además señalan la deficiente participación de Estado y empresas en el cuidado ambiental. En lo que respecta a la segunda perspectiva, las condiciones desfavorables en el nivel de políticas públicas y dinámicas del consumo, son superadas por los miembros de familia de acuerdo a ciertos factores que inciden de manera favorable en la incorporación de prácticas de consumo proambientales, y que serán explicados en el apartado que sigue. Estas familias, a pesar de ser conscientes de la baja efectividad de su acción, la mantienen como una forma de generar cambios, aunque sean al nivel individual y familiar.

Los resultados permiten también evidenciar dos extremos de la efectividad percibida: por un lado están las familias que tienen prácticas de consumo responsable preocupadas, y eventualmente desmotivadas, por el bajo impacto de las mismas; por el otro lado encontramos familias que argumentan que sus prácticas de cuidado tendrán tan poco impacto que no vale la pena llevarlas a cabo. A continuación, un testimonio para cada extremo.

Cuando las familias se preocupan por el impacto ambiental que tendrán sus acciones de consumo responsable:

O por ejemplo pensando también en la vaciada de los baños, entonces uno es, ¿cómo vacío el baño? No vacío el baño. ¿Cómo hago…? Pues, son cosas que uno dice, “¡ay, juemadre!” ¿Como pudiera ser uno más ahorrativo? Claro que también he visto documentales donde dicen que eso es nada, lo que uno puede hacer en el hogar es nada; por ejemplo, bajar el consumo de carne ayudaría muchísimo, porque toda el agua que se tiene que gastar para poder hacer las carnes procesadas, o la mojada de la carne, o todo lo que genera el ganado…ese estiércol y esa cosa lo que genera…entonces son un montón de cosas que…

(Hombre, 38 años, entrevista personal, 28 febrero 2016)

Por otra parte, los entrevistados que argumentaban que no tenía sentido llevar a cabo prácticas de consumo responsable porque las mismas tendrían muy poco impacto:

Pero yo siento que los rellenos sanitarios son mal administrados y manejados y la tecnología de eso es horrible, uno pasa y eso huele horrible, ese relleno de doña Juana es lleno de enfermedades; el tema político y administrativo es súper malo, uno al final ni se estresa por eso, al final yo ni me estreso por eso porque eso termina allá en un relleno al todo eso es tapando y hasta muertos encuentran ahí, más de un tema de las personas es más bien de gobierno y administración, porque eso del reciclaje son pañitos de agua.

(Hombre, 41 años, entrevista personal, 14 abril 2016)

O los que expresaban que no tenía ningún sentido llevar a cabo prácticas de separación de desechos en la fuente porque se tiene la creencia que el carro de la basura une las dos bolsas:

Entonces yo les dije, cuando ustedes, cuando los carros, cojan la basura y la separen, pues nosotros la separaremos, pero si nosotros llegamos y separamos las basuras y en el carro, al carro tiran todo junto, nada hacemos…entonces uno para qué recicla así.

(Hombre, 63 años, entrevista personal, 28 junio 2016)

Sin embargo, el grupo de entrevistados que fue mencionado anteriormente como aquellos que tenían posturas políticas consolidadas, conciben que es posible construir cambios colectivos a partir de cambios generados por la conciencia ambiental en la práctica individual o familiar. Los defensores de esta postura construyen diferentes acentos con sus propias prácticas de consumo, donde privilegian la reutilización, arreglar un producto antes de comprar uno nuevo, usar medios de transporte alternativos, entre otros. Estas acciones son las que denominamos en este artículo como acciones políticas reveladas en el consumo responsable, y dan cuenta de la formación de ciudadanías proambientales por parte de estos sujetos que incluyen intencionadamente criterios ambientales en sus prácticas de consumo y desecho.

Entre las familias entrevistadas, se encontró que quienes han apropiado criterios ambientales en sus prácticas de consumo y desecho, expresan su consciencia ambiental en otros comportamientos proambientales, por ejemplo, en el uso de la bicicleta como medio de transporte:

He andado en bicicleta toda la vida y cuando empecé a trabajar en La Alpujarra me parecía ridículo tener que gastar 40 minutos esperando un bus cuando en bicicleta podía llegar en 10 minutos, pero sudaba mucho entonces estaba la opción de una moto; entonces en esas un amigo de la alcaldía me mostró que se había comprado una bicicleta igual a la mía, son holandesas, son importadas porque en ese entonces no las producían acá, uno le tiene que sacar la pila, y cargarla y en cinco horas carga que son como mil pesos de energía y dura para tres días. La bicicleta sí es un poquito cara y mucha gente me dice, “ay, pero se hubiera comprado una moto”, pero no quería una moto.

(Mujer, 34 años, 28 febrero 2016)

O hablan del reciclaje y la reutilización, como vía para darle un nuevo uso a los objetos:

Por ejemplo, todo en nuestro apartamento es reciclado…no hemos comprado nada, nada es nuevo.… Compramos ese mueble en los puentes del centro, 20 mil pesos, es lo único, y las plantas. Esas sillas es un contenedor…es como un tarro de pastillas que María le hizo el croché encima. Sí, cosas que nos ha regalado la gente, “ah, que les vamos a dar un sofá”, “hágale”, y lo recibimos. Mirá, el sofá es una nueva cama que hay. Todo son herencias, todo. Todo en esta casa es herencia/ (Mujer, 36 años, 24 junio 2016)

Podemos decir exploratoriamente, que las personas que llevan a cabo acciones proambientales consistentemente en sus prácticas de consumo y desecho, también las ejercen en otras dimensiones de la vida cotidiana como el transporte. Sin embargo, no siempre estas acciones proambientales son llevadas a cabo por el resto de miembros de la familia.

Factores que influyen en las decisiones de compra que favorecen o dificultan prácticas de consumo responsable

El estudio permitió distinguir dos condiciones, una de escala global y otra nacional, que no incentivan el consumo responsable. El primero, la falta de una legislación ambiental en Colombia que promueva el manejo adecuado de las basuras, así como la falta de incentivos para prácticas de producción y consumo más responsables. Aunque se registra un aumento en los planes de educación ambiental (Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible, 2015), las familias entrevistadas no hacen alusión a que estas campañas hayan incidido en su formación como consumidores responsables. El segundo, los consumidores perciben la baja responsabilidad que asume la industria9 en el tema: no evidencian que las empresas sean responsables, ambiental y socialmente y los productos que ofrecen no son duraderos, por lo cual se sienten obligados a comprar con mayor frecuencia.

En este contexto, los jefes de hogares entrevistados sienten que no existen condiciones favorables para mantener prácticas de consumo responsable. Sienten que es poca la capacidad que tiene el consumidor de generar un impacto real y positivo en el ambiente en alguna de las fases del sistema económico: extracción, producción, comercialización, consumo y desecho. Las entrevistas revelaron sus dudas sobre la existencia de una soberanía del consumidor, según la cual éste es capaz de promover o deslegitimar ciertos productos o ciertas prácticas dependiendo de su impacto ambiental. Si esto fuera cierto, argumentan, productos que son dañinos para la salud, que afectan el ambiente o que se produzcan con el sufrimiento de una comunidad, no estarían en el mercado y, al contrario, en el mercado sólo circularían los productos beneficiosos para la salud, que no alteran al ambiente y que son producidos con condiciones laborales adecuadas.

El cuestionamiento al Estado, necesariamente obliga a situar el problema en las lógicas del capitalismo y democracia neoliberal, en medio de las cuales, pareciera que poco margen de maniobra y actuación tienen las instituciones oficiales frente a un mercado gobernado por las empresas, en donde se autoriza al capital financiero a disciplinar a los Estados y a los ciudadanos y donde se descuidan los procesos de reproducción social, específicamente las acciones de cuidado familiar y ambiental (Fraser, 2015).

En algunas respuestas de los entrevistados a la pregunta de qué manera las empresas, organizaciones e instituciones públicas están incentivando prácticas que generen cuidado ambiental y una relación más estrecha con el ambiente, pueden vislumbrarse dinámicas de movilización política que llaman a Estados y corporaciones a hacerse responsables de la formación, información y normatividad en ámbitos como el consumo, el autocuidado, la salud y la protección ambiental. Esto es, hay quienes aspiran a superar el individualismo/familiar por un llamamiento de la ciudadanía al Estado y a las empresas a la corresponsabilidad ambiental. Así, las organizaciones de ciudadanos empiezan a tener eco y a intervenir no solo en los casos de fraude o inseguridad en los actos de compra y venta, sino a estar preparados para cuestionar desde la base, las condiciones generales en las cuales se dan los intercambios así como la manera en que estos afectan al ambiente (Álvarez Cantalapiedra, 2007).

Desde las posturas críticas ciudadanas se reivindica la participación más activa en la regulación del mercado, dando lugar al surgimiento de diferentes acentos en las estructuras de precios, modelos justos de producción y comercio y distribución de ingresos que generen cuidado y no destrucción del ambiente. En este sentido, un interlocutor expuso la necesidad de incentivos en el mercado para favorecer usos responsables del agua y de la energía:

Entonces usted empieza como averiguar ese tipo de cosas y es súper costoso, antes esas cosas deberían tener un apoyo, o sea, usted está construyendo una casa y quiere hacer como un sistemita de aprovechamiento de agua.… Pues eso lo hace, alguien que tenga mucha plata y que no esté tratando de ahorrar digámoslo así. Pues, entonces ese tipo de cosas deberían impulsarlas realmente por unos programas de gobierno, pues. Entonces ve, si esas cosas fueran fáciles, lo mismo la energía solar, uno dice: qué nota, uno poder poner tan, en el techo, unos paneles de energía solar y eso vale toda la plata del mundo…pero que eso debería venir apalancado, porque finalmente es un bienestar.

(Hombre, 41 años, entrevista personal, 14 febrero 2016)

En definitiva, ni el Estado ni las empresas están contribuyendo, desde la perspectiva de las familias entrevistadas, a la adopción de prácticas de consumo responsable. Evidencian contradicciones en el ámbito estatal, a pesar de la firma de tratados proambientales. Las familias no reconocen ningún incentivo para prácticas responsables, ni restricciones a las prácticas nocivas para el ambiente, tanto en la producción como en el consumo. Cuando se observan políticas y programas de educación ambiental, pareciera que estas responsabilizan únicamente a los individuos de la crisis ambiental (Maganda, 2010).

Por otro lado, no pareciera que los agentes del mercado (industria, empresas) estuvieran operando desde una conciencia ambiental. Ya se mencionaron en el marco conceptual las estrategias de publicidad y obsolescencia programada que determinan las prácticas de consumo contemporáneas. Algunos entrevistados expresaron que cuando tienen la intención de realizar consumos responsables, la tarea no es sencilla debido a que el sistema comercial los conduce a tener prácticas hiperconsumistas: una muestra de esto es la proliferación de las grandes superficies comerciales, las cuales desempeñan un papel clave en la generación de prácticas de consumo, con implicaciones en el diseño urbanístico de las ciudades generando altos costos ecológicos, de infraestructura y sociales a su paso (Álvarez Cantalapiedra, 2007). Esta situación lleva a las familias a enfrentarse a decisiones difíciles cuando tratan de llevar a cabo prácticas de consumo responsable. Por ejemplo, no encuentran todo lo que necesitan en lugares diferentes a las grandes cadenas de supermercados; así se percibe en el siguiente comentario de uno de los interlocutores entrevistados:

Carulla10 no me gusta, la compra en Carulla es casi siempre, porque está al lado y bueno, pues a veces algunas cosas que no son tan fáciles de conseguir en otros lugares. La verdad, si se ha pensado mucho, de buscar dónde podemos buscar las cosas que sea un poquito diferente de lo que ocurre siempre en estos supermercados, con lugares en todas partes. Sí pensamos mucho en qué es lo que estamos comprando y con la intención de no afectar el medio ambiente. Carulla no me gusta porque creemos que es muy bueno apoyar las pequeñas tiendas, que son economías distintas, y que tiene una concepción diferente del negocio, Carulla ya es toda una estructura empresarial grande, el dueño de la tienda no es el que está ahí, en estas tienditas sí, ya es una apropiación diferente.

(Hombre, 29 años, entrevista personal, 28 noviembre 2016)

Otro entrevistado señaló las dificultades que encuentra en sus iniciativas de consumo responsable, cuando se revela la obsolescencia programada del producto:

Pero nos gustaría reciclar aún más. Digamos…compramos pañales de tela, y [mi esposa] usó mucho tiempo pañales de tela para reducir el consumo de pañal desechable. Y un amigo nos trajo como unos pañitos que se mantienen calientes en una coquita, pues, como una maquinita, para reducir el consumo de pañitos húmedos. Pero por un lado los pañales de tela demandan tiempo, mucho tiempo, y la maquinita esta se nos…como que ya se dañó una parte de adentro y el repuesto ha sido prácticamente imposible conseguirlo. Pero sí pues…como que nos gustaría ser más agresivos en esas cosas también.

(Hombre, 37 años, entrevista personal, 24 junio 2016)

Otra entrevistada también identifica las condiciones que le dificultan ser consumidora familiar responsable:

No, porque todo está muy pensado. Lo que pasa es que hoy en día sobre todo en las mujeres los zapatos están diseñados para que duren tres meses y se dañan, antiguamente yo recuerdo que cuando mi papá iba a comprar unos zapatos preguntaba que fueran de material, eso quería decir que fueran de cuero, uno compraba los zapatos para la escuela y eso le duraba una eternidad. Pero hoy en día no porque eso genera más consumo, las cosas tienen una vida útil demasiado corta y a nosotros nos impacta demasiado el hecho de que si yo tengo unos zapatos y se me dañan en tres o cuatro meses y los tengo que botar, eso va a generar basura, entonces yo digo que las cosas se tienen que desechar cuando ya definitivamente no sirven.

(Mujer, 30 años, entrevista personal, 30 junio 2016)

Un hallazgo importante del estudio son algunos factores que inciden de manera favorable en la incorporación de prácticas de consumo proambientales. Estos factores son de corte sociodemográfico como la edad y el estrato socioeconómico; otros, son los relacionados con el contexto sociocultural, como las tradiciones familiares y culturales de consumo y la experiencia personal con relación a la naturaleza. Finalmente, se evidenció que la pertenencia a redes sociales o la cercanía de amigos y familiares con prácticas de consumo responsable favorecen la adquisición de hábitos proambientales, algunos de estos factores identificados anteriormente por otros investigadores del campo (Dueñas Ocampo et al., 2014).

En cuanto a la edad, se encontró que los entrevistados de mayor edad parecen tener una mayor conciencia de cómo sus actos de consumo tienen un impacto en el ambiente y adoptan con mayor facilidad prácticas de consumo responsable. Este hallazgo se evidencia en el siguiente comentario de una entrevistada de 65 años:

Son cosas que se van formando, pero pues ya son muchos años en los que se ha tenido oportunidad de mirar qué ha pasado aquí, y si después de ver todo lo que se ha visto uno no tiene un poquito de conciencia de cuidar lo que tiene, simplemente fracasamos como especie.

(Mujer, 65 años, entrevista personal, 22 julio 2016)

En cuanto al estrato socioeconómico, se encontró que en los estratos uno y dos, siendo los hogares catalogados como nivel socioeconómico bajo, las decisiones de compra están determinadas por el precio, lo cual supone una menor inclinación a tomar decisiones de consumo basadas en la preocupación ambiental. Este hecho apoya que, a mayor nivel socioeconómico, mayores sean las posibilidades de llevar a cabo un consumo responsable.

En relación a la incidencia que tienen las tradiciones de consumo en el entorno cercano de los entrevistados para motivar prácticas de consumo responsables, se encontró que los entrevistados que han tenido historias familiares marcadas por estas costumbres adoptan fácilmente las mismas en su día a día. Esta situación se percibe en el siguiente comentario de una entrevistada:

Entonces siempre nos inculcaba el—disfrute, pero también ahorre—ah, otra cosa, no se gaste…uno para ser feliz no tiene que tener lo más costoso; pues una cosa muy significativa era por ejemplo la marca de los tenis. En el colegio todos los compañeritos de nosotros tenían tenis de marca y ropa de marca, nosotros no, nosotros nos cogían a mi hermanito por ejemplo siempre a Blue Jean X cuando todos tenían blue jean de marca; yo tampoco usaba nunca ropa de marca, ni los zapatos, nada, y en este momento, yo no necesito comprar ropa de marca sino ropa que a mí me guste, no necesariamente la marca.

(Mujer, 45 años, entrevista personal, 28 febrero 2016)

El otro asunto que incide en la generación de prácticas de consumo responsable, es la experiencia que se haya tenido o que se tenga actualmente con la naturaleza. En este sentido, algunos entrevistados que asumen una posición de cuidado con el ambiente a partir de sus prácticas, tienen en su historia de vida situaciones que los han acercado a los entornos naturales. Estas experiencias han dejado huella en ellos y los ha convertido en personas mucho más sensibles del impacto que puedan ocasionar con sus prácticas de consumo. A continuación, un testimonio familiar que confirma este hallazgo:

Yo desde chiquita…no sé, yo tenía como esa sensibilidad por el medio ambiente. Yo creo que influyó mucho que yo tuve una infancia…y me siento muy afortunada de mi infancia, que pasé mucho tiempo en la finca de mis tíos en Rionegro…pero eso en esa época era lleno de bosque, mis primos y yo íbamos a hacer caminatas por el bosque, pescábamos en una quebradita por allá escondida, tuve muy contacto con la naturaleza y yo ahora soy consciente de que eso me impactó; yo desde hace algunos años me empecé a dar cuenta de eso y por eso me parece que es tan importante que los niños tengan contacto con la naturaleza.

(Mujer, 34 años, entrevista personal, 13 diciembre 2016)

El último factor que fue identificado y actúa favorablemente en la consolidación de ciudadanías proambientales es la cercanía de amigos o familiares con prácticas de consumo responsable o la pertenencia a redes sociales que tengan este fin. Así se demuestra en el siguiente comentario de una entrevistada:

Entonces como la chica que nos coordinaba es supremamente así toda ecológica, toda medio ambiente…ella era hasta vegetariana también, entonces ella me iba explicando, “No, Lore, es que mira, también hay otras formas” de yo no sé qué…y yo, “es verdad”.

(Mujer, 36 años, entrevista personal, 1 mayo 2016).

Conclusiones

Este estudio exploratorio de corte etnográfico en una ciudad de rápido crecimiento en un país de economía emergente del Sur Global, como Medellín, con una muestra de familias de diferentes características, nos permite confirmar la multidimensionalidad en la formación de una ética del consumo. Con ello, la necesidad de realizar estudios que permitan comprender el papel de la preocupación ambiental, del contexto sociocultural, y de los factores sociodemográficos, entre otras dimensiones, en las decisiones de compra y, en general, en las prácticas de consumo (Dueñas Ocampo et al., 2014) y de desecho.

Con base en nuestros datos podemos concluir que las familias entrevistadas no perciben que ni el gobierno ni las empresas estén cumpliendo con su obligación de responsabilidad ambiental. Expresaron que no encuentran incentivos ni en las políticas públicas ni en las prácticas empresariales para adquirir y consolidar en sus familias prácticas de consumo responsable. En este contexto, las condiciones proporcionadas por el Estado y las empresas son adversas para la configuración de ciudadanías proambientales a partir de prácticas de consumo responsable. Aquellas que fueron observadas entre las familias consultadas, se desarrollan en un contexto de baja efectividad percibida y motivadas por factores de orden individual. Pareciera que prácticas responsables promocionadas globalmente, tales como la compra en comercios justos, las dietas basadas principalmente en vegetales cultivados localmente, la disminución de la generación de desechos, la separación de las basuras en la fuente, la reutilización, la compra de productos locales, la reducción de emisiones de gas (evitar el uso de vehículos y aviones), la utilización moderada de agua y energía, entre otros, siguen siendo alternativas a los patrones hegemónicos del consumo en urbes como la ciudad de Medellín.

Las familias que expresaron haber introducido prácticas de consumo responsable están sujetas a condiciones desestimulantes y a dificultades de muchos tipos. Sin embargo, a pesar de las percepciones sobre la baja efectividad de un acto de compra responsable, pudieron identificarse algunos factores que favorecen la incorporación de prácticas responsables que podrían ser centrales en la formación de ciudadanías proambientales: la edad, el estrato socioeconómico, las tradiciones y hábitos familiares y sociales de consumo, la experiencia con la naturaleza y la pertenencia a redes o a grupos sociales en los que se incorporan prácticas de consumo responsable.

La alusión a la necesidad de una mayor participación del Estado en la promoción de prácticas proambientales mediante políticas de educación y de incentivos, dirigidos tanto a ciudadanos como a empresas, refleja la conciencia de corresponsabilidad ambiental asociada al conjunto de la sociedad. Necesariamente, las ciudadanías proambientales, construidas individualmente o familiarmente a través de la conciencia y ejercicio constante de decisiones de compra responsables con el ambiente, deben ser correspondidas por la garantía de los derechos ambientales y por políticas estatales proambientales que regulen la producción y el mercado.

Desde el siglo XIX pueden rastrearse alusiones al consumo responsable como una vía de transformación del mercado. Florence Kelly fue la directora de la liga de consumidores en Estados Unidos en el año 1899. Desde finales del siglo XIX esta mujer abogaba por una visión más igualitaria del consumo, en donde las condiciones de producción fueran tomadas en cuenta a la hora de valorar un producto. También promulgó el consumo responsable como un mecanismo de cuidado del ambiente y definió al consumo como una acción social, practicada por los individuos que componen una sociedad. Florence Kelly, en un momento de la historia donde la conciencia ambiental no había surgido como modelo de pensamiento, se preguntaba “¿Puedo ejercer mi libertad de participar políticamente en la sociedad con la finalidad de impedir el acceso a los productos de consumo ‘nocivos’ socialmente?” (Gil Juárez, 2008, p. 315).

En la actualidad, los estudios de mercadeo en países del Norte Global (Micheletti & Stolle, 2006; Stolle et al., 2005), prevén que los consumidores podrían, eventualmente, presionar a empresas productoras y a gobiernos mediante sus decisiones de compra y por ello incluyen en las mediciones de ética del consumo una dimensión que valora la responsabilidad socioambiental de las empresas que ofrecen los productos (Dueñas Ocampo et al., 2014). Sin embargo, las familias entrevistadas no perciben que sus decisiones de compra puedan tener un efecto tan transformador en las dinámicas económicas. Ubican en el Estado y en las mismas industrias la posibilidad de cambio en la economía capitalista dirigida a resolver la crisis ambiental.

Aunque se puede observar el surgimiento de redes de consumidores serán cada vez más críticas con las formas no responsables de producción de bienes, con sus propias prácticas de consumo y con sus manifestaciones de inconformidad a las afectaciones socioambientales (Guckian et. al, 2017; Klas, 2016; Stolle et al., 2005), por lo observado el costo del producto sigue siendo una variable importante en la decisión de compra. El consumo, en general, es el motor del sistema económico actual y absorbe casi todos los intentos de producción y comercialización limpio o responsable. Por ello, con base en lo explorado, las ciudadanías proambientales requieren de un contexto de mayor corresponsabilidad, esto significa que los sistemas estatales deberán institucionalizar deberes y derechos ambientales, tanto para ciudadanos, gobiernos y empresas, que les obliguen a incorporar la responsabilidad ambiental en todas sus acciones.

La preocupación ambiental se expresó de múltiples maneras por los entrevistados y en algunos casos se comprueba su incidencia en la incorporación de prácticas de consumo responsable. Si bien las prácticas observadas entre las familias entrevistadas son pasos importantes en la configuración de ciudadanías proambientales, Gudynas (2009) afirma que sólo con la recuperación de la alineación ciudadana hacia el bien común y el de la naturaleza podría superarse la trama individualista y utilitarista en la construcción de consumidores más que de ciudadanos implantada por el neoliberalismo. Por ello, la incidencia positiva que tiene la pertenencia a grupos o redes de personas que promueven y practican el consumo responsable, da cuenta de la existencia de procesos de identificación, ciudadanías proambientales, locales y cosmopolitas, que forman parte de una construcción política colectiva que demanda la corresponsabilidad de todos los actores (Estado y empresas), y no sólo de los individuos.

Nuestra primera pregunta de investigación tuvo respuesta al evidenciar que la preocupación ambiental estaba en el centro de la intencionalidad de ciertas decisiones de compra y desecho. A partir de este hallazgo podemos afirmar que las prácticas responsables de consumo y desecho exhibidas por algunas familias entrevistadas pueden reconocerse como acciones políticas que estarían en el origen de lo que hemos propuesto como ciudadanías proambientales.

Sin embargo, al indagar por los factores que inciden en la apropiación de prácticas proambientales, identificamos que la cotidianidad familiar se desarrolla en un contexto adverso para apropiar y fortalecer prácticas responsables de consumo y desecho. Por esto, las ciudadanías proambientales en ciernes, son ejercicios de resistencia que se originan en intenciones individuales y familiares, en condiciones poco favorables para su generalización y consolidación.

AGRADECIMIENTOS

Al grupo Recursos Estratégicos, Región y Dinámicas Socioambientales, Instituto de Estudios Regionales Iner, Universidad de Antioquia por su apoyo desde la estrategia de sostenibilidad de la Universidad de Antioquia.

NOTES
1

“Norte Global” y “Sur Global” son términos que aluden tanto a una geografía estructural como a una geografía moral (Cairo Carou & Bringel, 2010). Jaramillo Marín y Vera Lugo (2013) identifican ordenamientos geopolíticos de los países por tres procesos en tensión y en interdependencia: primero por el denominado desarrollo económico y humano; segundo por procesos de materiales y simbólicos de dominación y resistencia; tercero por conocimientos y saberes que critican las visiones hegemónicas de la modernidad, especialmente las eurocéntricas. Otras publicaciones designan al “conjunto de economías emergentes, de medios-bajos y bajos ingresos de América Latina, África, Oriente Medio y Asia, pero también a mercados emergentes de regiones del norte geográfico como Eurasia o Europa del Este” que coinciden con los lugares en donde se “acumula la mayor parte de los objetivos ambientales, sociales, económicos e institucionales de la Agenda 2030” (Iglesias, 2016, p. 116). Para nosotros tiene sentido esta forma de expresar el ordenamiento geopolítico porque da cuenta de la distribución diferencial y desigual de las causas y los efectos de los problemas ambientales. Pero también, nos permite situar la producción de conocimiento contextual desde y para el Sur Global.

2

Algunos autores también relacionan el surgimiento de las preocupaciones ambientales en la “onda hippie”, ya que ésta toma como una de sus banderas, la necesidad de lograr relaciones de respeto con el entorno natural y la modificación de los desbordados y cada día creciente hábitos de consumo que trataba de suplantar al bienestar social (Velásquez Muñoz, 2003).

3

Este término tiene varios sinónimos, entre los que se encuentra la obsolescencia planificada (Dannoritzer, 2010), diseño para el basural (Leonard, 2010), entre otros.

4

Los estudios sobre residuos sólidos generados en el municipio de Medellín y sus cinco corregimientos conciben a los individuos como generadores y no como productores de desechos, ya que el término producción “implica la acción de crear un bien por medio de la materia prima” y la generación de residuos es “una acción involuntaria consecuencia del consumo de productos o de un proceso productivo” (Universidad de Medellín & Municipio de Medellín, 2014, p. 17).

5

Incluyen la invitación a no consumir bienes que impliquen materiales no reciclables tanto en su producción como en su desecho, a realizar separación de los desechos en la fuente (es decir, desde el hogar), hasta movimientos como zero waste.

6

Los datos de campo fueron recolectados por C. Mejía Gil durante el año 2016 en el marco de su tesis doctoral en Ciencias Sociales de la Universidad de Antioquia, realizada bajo la dirección de C. Puerta Silva y titulada “La relación ambiental a través de las prácticas de consumo y desecho en la ciudad de Medellín”.

7

Para mayor información ver la Encuesta de calidad de vida (Municipio de Medellín, 2013).

8

La estratificación socioeconómica es un mecanismo que el Gobierno Nacional de Colombia ha creado para realizar un cobro diferenciado de los servicios públicos domiciliarios por grupos económicos al interior de la población. El mismo viene siendo desarrollado desde el año 1991 en un esfuerzo por unificar las diferentes clasificaciones que realizaban las empresas de servicios públicos por su cuenta. Dado que identifica geográficamente sectores de la población, es también usado como orientador para la planificación de la inversión pública, además de ser usado para cobrar tarifas diferenciales impuestos (Departamento Administrativo Nacional De Estadística [DANE], 2017)

9

Las personas no precisaron a qué industria se refieren, pero dado el contexto de Medellín, se trataría de las industrias ubicadas en la ribera del Rio Medellín, entre las cuales hay de alimentos, productos de aseo, de textiles, envases de vidrio, licores, tabaco, gaseosas, entre otros.

10

Nombre de un supermercado en Colombia.

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Responsible Consumption and the Configuration of Environmental Citizenship

María Claudia Mejía Gil and Claudia Puerta Silva

Abstract: Increased consumption of goods and services has contributed to environmental crises. Responsible consumption movements and the factors that contribute to the formation of pro-environmental behaviors have emerged in the Global North. Few studies have advanced in identifying the factors that affect the appropriation of pro-environmental practices in the Global South, specifically in cities of countries with emerging economies and fast urbanization. Through semi-structured interviews and non-participant observation conducted with 34 families from different socioeconomic categories in Medellin, Colombia, we addressed the following questions: Do environmental concerns influence consumption and waste practices? What factors affect the appropriation of environmental practices? Although different factors limit responsible consumption, the results of this study show that pro-environmental practices related to consumption and waste contribute to the formation of pro-environment citizenships.

Keywords: Colombia, consumption, environmental crisis, environmental practices, Medellín, pro-environmental citizenships, waste

Consommation Responsable et Configuration des Citoyennetés Pro-Environnementales

María Claudia Mejía Gil et Claudia Puerta Silva

Résumé: L’augmentation de la consommation de biens et services a contribué à la crise environnementale. Pour le Nord Global, les mouvements de consommation responsable et les facteurs intervenant dans la formation de comportements pro-environnementaux ont été exposés dans la littérature. En revanche, peu d’études ont avancé dans l’identification des facteurs qui affectent l’appropriation des pratiques pro-environnementales dans les pays du Sud Global, en particulier dans des villes de pays à économie émergente et à urbanisation rapide. Grâce à des observations non participantes et à des entretiens semi-structurés avec 34 familles de différents niveaux socio-économiques de Medellin, en Colombie, nous abordons les questions suivantes : Les préoccupations environnementales influencent-elles les pratiques de consommation et de gestion des déchets ? et quels facteurs influent sur l’appropriation des pratiques environnementales chez les familles interviewés ? Sur la base des résultats, nous identifions que bien qu’il y ait plus de facteurs qui limitent la consommation responsable, on peut affirmer que dans les pratiques de consommation et de déchets favorables à l’environnement, on observe la formation de citoyennetés pro-environnementales.

Mots-Clés: Citoyenneté pro-environnementale, Colombie, consommation, crise environnemental, déchets, Medellin, pratiques environnementales

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Contributor Notes

MARÍA CLAUDIA MEJÍA GIL es candidata a doctora en Ciencias Sociales Universidad de Antioquia (UdeA), magíster en Antropología Social UdeA, especialista en Gerencia de Mercados Globales EIA, Ingeniera de producción Eafit. Perteneciente al Grupo de Investigación Recursos Estratégicos, Región y Dinámicas Socioambientales (RERDSA) en Universidad de Antioquia y al Grupo de Estudios en Mercadeo (GEM) en Eafit. Es docente temporal Universidad Eafit, sus estudios se han centrado en la relación entre crisis ambiental y las prácticas contemporáneas de consumo. E-mail: mmejiagi@eafit.edu.co

CLAUDIA PUERTA SILVA es doctora en Antropología Social y Etnología. Profesora asociada, departamento de Antropología, Facultad de Ciencias Sociales y Humanas. Investigadora, Grupo Recursos Estratégicos, Región y Dinámicas Socioambientales (RERDSA), Instituto de Estudios Regionales Iner, Universidad de Antioquia (UdeA). Desde análisis críticos del desarrollo y de las políticas públicas de salud y bienestar, aborda conflictos socioambientales, procesos autóctonos de gestión de la vida y del territorio y configuración de ciudadanías. Publicó “Las múltiples alteridades en el Desarrollo: más allá de la interculturalidad étnica” en RAS y “Stratégies et politiques de reconnaissance et d’identité. Les Indiens wayuu et le projet minier du Cerrejon en Colombie”, Peter Lang. E-mail: claudia.puerta@udea.edu.co

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